La mayor parte del tiempo las cosas no suceden como las planeamos, es ley de vida.

Por más que nosotros los perfeccionistas nos quebremos la cabeza imaginando todos los posibles escenarios y tengamos listos plan A, B, y C, la vida siempre va a encontrar nuevas maneras de sorprendernos y 2020 fue un año brutalmente inesperado.

Si alguien me hubiera dicho que en el 2020 el mundo que conocíamos se iba a convertir en algo así como una versión light de Mad Max, me hubiera muerto de risa. Tampoco hubiera pensado que millones de personas iban a morir en el lapso de un año por culpa de un virus que invadiría cruelmente sus pulmones hasta ahogarlos, que las fronteras internacionales se iban a cerrar por un tiempo y que desde marzo de 2020 la norma al salir a la calle, incluiría cargar obligadamente con cubrebocas y gel antibacterial.

Para hacer memoria de todo lo que hice este año, la verdad es que acudí al rollo fotográfico de mi celular –que bien podría traducirse en la versión gráfica de lo que se encuentra en mi cabeza– y recordé que hice equipo con gente super talentosa, grabé un podcast, me acerqué al feminismo, exploré el arte del autorretrato, me encerré, me cuidé, traté de no serlo pero fui covidiota muchas veces, me hice más cercana con personas que no son de mi familia que realmente con la mayoría de mi familia de sangre, viajé poquito, tomé muchas fotos. Corté de tajo relaciones personales, me despedí de mi abuelo, me puse triste varias veces, vi a mucha gente ponerse triste muchas veces. Gané y perdí motivación muchas veces. Y me armé de valor para empezar un negocio. Otra vez.

La expresión “todo pasa por algo” siempre me sonó a choro, a un cuento que la gente se repite para no hacerse responsable de sus metidas de pata y hoy entiendo que nunca se ha tratado de eso. O sea, sí pero no. Hoy la interpreto como una frase que da sentido a las circunstancias fuera de nuestro control que llegan a nosotros como pandemias, pérdidas, tragedias y todas esas cosas que nos hacen cuestionarnos nuestro sentido de vida e inclusive nuestra fe. Es una manera de hacerle frente a los resultados no esperados para dejarlos ir y poder seguir con nuestras vidas.

El 2020 llegó para enseñarme a valorar mi salud, a mi familia y amigos, mi trabajo y mi casa. Para darme perspectiva sobre las cosas que realmente importan. Para ordenar prioridades y tomar mejores decisiones. Para obligarme a innovar y darme una lección sobre humildad y empatía y para hacer las pases con mi Torreón.

Este año sentí como el cúmulo de vivencias y sentires hicieron su melancólica reunión anual y brindaron sin resentimientos, para hacerme entender que todo esfuerzo vale y que nada de lo que vivimos y hacemos es en vano. Que todas las acciones individuales repercuten en la vida de muchos otros y que lo único que importa al final del día son las relaciones que cultivamos, el conocimiento que nos enriquece y las huellas que dejamos en otros.

El 2020 fue, como todos dicen, un año diferente. El año que cambió, literalmente, el mundo como lo conocimos. Así que hay que aprender a relacionarnos diferente, a amar diferente, a VIVIR diferente.

Por un 2021 con mucha salud y prosperidad para todos.

Gracias por ser parte de esto.

Aquí les dejo mis fotos favoritas de 2020:

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