¡ME GANÉ UN VIAJE A PARÍS en un GIVEAWAY!

Cuando una está navegando por las redes sociales, no es tan raro encontrarse con sorteos muy exagerados que ofrecen premios tan jugosos e increíbles que parecen estafas diseñadas para sacarte toda tu información. El giveaway que gané yo, parecía un fraude.

Yo, completamente escéptica, jamás había participado en estas dinámicas.

A pesar de jamás haberme ganado nada sustancial en ninguna rifa, siempre me había considerado una persona suertuda. Mis más grandes logros en cuanto a la suerte se resumían en haberme ganado una vajilla en un torneo de tenis y haber salido prácticamente ilesa de experiencias cercanas a la muerte, en más de una ocasión. Yo con eso me sentía más que satisfecha.

El día que participé y gané estaba en pijama, sentada en una silla del comedor de la casa donde vivía en Tulum. Era medio día y estaba aburrida navegando en Instagram cuando apareció ante mí una publicación de NastyGal (una tienda de ropa de EEUU que sigo desde hace muchos años) donde salía una foto de una Britney Spears veinteañera posando frente a la Torre Eiffel. La marca llamaba a sus seguidores a participar para ganarse un viaje a la ciudad del amoggg. Por primera vez en mi vida, apareció fugazmente en mi cabeza la posibilidad de ganar y me animé a seguir las instrucciones.

Lo único que había que hacer era: seguir la página de NastyGal (check!), darle like a la publicación (check!) y etiquetar a cuatro personas por comentario (check!). Participé solamente con una entrada y juro que me tardé menos de 1 minuto en hacerlo.

Ese mismo día pero mucho más tarde, una amiga me escribió por mensaje directo, mandándome una historia de NastyGal donde estaba etiquetado mi nombre. No entendía nada.

YO GANÉ.

Por primera vez había ganado ALGO IMPORTANTE. Toda esa tarde me la pasé tirada en el sofá de la sala, hablando por teléfono con quien se dejó. Les conté a mis papás, a mis abuelos, a mis amigas y todo el mundo me preguntaba sobre la autenticidad del concurso. A todos les respondía lo mismo: “yo quiero creer que sí es real.”

Y era real.

Contacté al equipo de NastyGal por DM y luego me mandaron por email lo que había ganado: 2 vouchers de $500 USD para compras en la tienda online para mí y para mi acompañante, 2 boletos de avión ida y vuelta, una reservación de hotel de 4 noches en el Hotel des Grands Boulevards en el centro de París y una Uber gift card de $500 USD.

Invité a mi mamá a París porque nos acoplamos muy bien juntas y me pareció lo más correcto. Salimos de Torreón el 27 de junio de 2019, haciendo una escala en CDMX para luego volar a París. Aterrizamos once horas después con un jetlag increíble pero muy emocionadas por volver a estar, gracias a la suerte, en mi ciudad favorita del mundo.

Lo primero que hicimos fue dejar las maletas en el hotel, cambiarnos y salir a pasear. Ese día fuimos a tomarnos fotos a Trocadero y luego nos subimos al último paseo en bote por el Río Sena. Gran idea haberlo tomarlo a esa hora porque el sol no pegaba tan fuerte, los colores de los edificios y el atardecer oscilaban en preciosos tonos cálidos y pudimos apreciar la Torre Eiffel encendida.

Terminando el paseo, llevé a mi mamá a unas famosas crepas bajo la Torre Eiffel que probé hace unos años cuando fui con mi mejor amiga Denisse. La envicié con una monstruosa creación de jamón con queso, servida en un cono gigante que coronaba con una porción de papas fritas. Disfrutamos con calma nuestras crepes sentadas en una banca, viendo hacia un carrusel con la Torre de fondo.

El segundo día despertamos temprano para hacer fila y conocer las Catacumbas. Yo sabía que las filas eran largas pero no a esa magnitud. Estuvimos tres horas de nuestras vidas haciendo fila, mayormente de pie y en el sol. Terminamos haciéndonos amigas y compartiendo comida con nuestros vecinos de la fila.

Después de tanto esperar, entramos emocionadas, sudorosas y con los pies hinchados. Hicimos el recorrido y, como ya es costumbre, me separé del grupo y me perdí de gran parte de la explicación.

He de admitir que, aunque las enormes cantidades de huesos apilados sí son muy impresionantes y puedo entender su valor histórico, esta fue mi atracción menos favorita.

Saliendo de ahí, a varios kilómetros de la entrada, en alguna dirección, llegamos a un barrio muy lindo donde nos sentamos a comer pizza en un restaurante.

Y como ya es costumbre, mi mamá, haciendo absolutamente nada, cautivó la atención del dueño de la pizzería quien se acercó a mi para preguntarme si podía presentársela. Haciendo uso de mi francés trunco, muerta de risa y sabiendo que mi mamá no iba a entenderle nada, decidí jugarle a la casamentera y los presenté como pude. El hombre estaba embelesado con Margarita y la invitó a comer al día siguiente a las 2 de la tarde. Mi mamá le dijo que sí a pesar de no estar segura y para no hacer el cuento largo, dejó plantado a su pretendiente.

Para ese entonces, nos sentíamos extremadamente cansadas, así que decidimos regresar al hotel a descansar unas horas, no sin antes caminar por todos los Champs Élysées y tomarnos la foto en el Arco del Triunfo.

Una vez recuperadas, nos cambiamos de ropa y fuimos a caminar desde la Place de la Concorde, buscando desesperadamente una fuente que mi mamá vio en The Devil Wears Prada y cuál sería nuestra sorpresa que la encontramos toda tapada y en restauración. Se puso triste.

Seguimos andando por el Jardín de las Tullerías, cruzando toda la explanada hacia el Museo de Louvre para tomar fotos del atardecer. Nunca había visto el museo a esa hora y vale muchísimo la pena.

Luego entramos a la feria que instalan durante los meses de verano en los jardines de las Tullerías y nos subimos a la rueda de la fortuna desde donde observamos todo el esplendor de un atardecer parisino. Quedé encantada.

Después paseamos de extremo a extremo viendo las atracciones, grabando videos estúpidos y nos comimos un helado en lo que encontrábamos un lugar ideal para cenar. Finalmente nos acercamos a un puesto que olía bien donde yo pedí un kebab con papas fritas.

El tercer día comenzamos caminando desde el hotel hacia el Centre Pompidou, un museo de Arte Moderno sorpresivamente muy cerca de nuestra ubicación. Caminamos por donde “dios nos dio a entender”, según las indicaciones que memoricé al ver Google Maps antes de salir a la calle y así estuvimos merodeando hasta llegar accidentalmente a un mercadito que estaba a metros de la Iglesia de Saint-Eustache.

También ahí cerca vimos una estructura interesante y al acercarnos nos dimos cuenta de que era un centro comercial y optamos por entrar a curiosear. El lugar era laberíntico, tenía muchas tiendas de ropa, food court, gimnasio, alberca y quién sabe que otras cosas más.

Increíblemente logramos salir sin haber comprado nada aun habiendo rebajas, gracias a las larguísimas filas para pagar y el poco tiempo que disponíamos para seguir conociendo París. Seguimos caminando por donde yo recordaba hasta que finalmente dimos con el museo y entramos.

La vez pasada que lo visité no encontré muchas de las obras que estaba buscando pero esta vez no perdí tiempo y pude admirar varias piezas que me interesaban de Marcel Duchamp. Mi mamá en este punto ya no quería caminar.

Después salimos de ahí y nos perdimos un rato tratando de encontrar Notre Dame, que por cierto estaba totalmente acordonada y bloqueada desde la plaza debido al incendio que afectó sus instalaciones hace unos meses, así que la vimos desde lejos, comiendo galletas y macarons.

Luego recordamos que cuando hicimos el paseo en bote por el Sena el primer día, vimos las calles a pie del río donde había muchos parisinos y extranjeros disfrutando el paisaje y quisimos conocer esa parte de París, especialmente ese día que era domingo.

Anduvimos hasta encontrar una bajada que se veía hermosa y con movimiento. Caminamos a buen paso durante unas horas por un ambiente que se sentía local.

Era increíble estar ahí, viendo la gente comer, pasear, descansar y jugar. En patines, bici o a pie, disfrutando de conciertos al aire libre y viendo artistas pintando y bailando con toda la naturalidad del mundo. Lo disfruté muchísimo.

Y como ya nos sentíamos cansadas, subimos a las calles normales y tomamos una cerveza viendo el Sena para después poder visitar el barrio de Montmartre, una colina de 130 metros de altura, donde se encuentra la Basílica del Sacré Coeur, el punto más alto de París.

Subimos como hormigas una empinada e interminable escalera que llevaba hacia la cima, sin tener conocimiento del funicular en ese momento. Llegamos casi infartadas hasta arriba y estuvimos un buen rato recuperando el aliento, así que fuimos presas fáciles de los árabes que venden incansablemente cerveza por 2 euros. Y así nos quedamos un buen rato escuchando un animado grupo que ambientaba a los turistas.

Y como nosotras sí aprendemos de nuestros errores, esta vez sí bajamos por el teleférico.

Terminamos el día paseando por el Moulin Rouge y admirando las sex shops del barrio de Pigalle, donde está la zona roja de París.

Cuando nos dio hambre, decidimos cerrar el viaje con broche de oro y fuimos a buscar una crepa a la Torre Eiffel, igual que la primera noche. Nuestro vuelo salía al día siguiente a las 12 del día.

Pero aún quedaba algo por hacer: teníamos que visitar el Showroom de NastyGal y agradecer por ese gran regalo y todas las atenciones brindadas. Así que tan pronto hicimos el check-out, salimos en Uber al showroom con maletas en mano. Cuál sería nuestra sorpresa de que justo el día anterior habíamos pasado por esa calle tan bonita y donde curiosamente me había detenido a tomar esta foto:

Del lado derecho se aprecia un pequeño interfón oscuro, ahí tecleamos un número que nos dejó pasar a un elevador y subimos al piso 5. Nos recibió Oleksandra, la directora de comunicaciones de la marca en París, hermosa, fashionable, súper buena onda. Oleksandra y otro hombre, del que no recuerdo su nombre y quien también fue muy amable, nos dieron un recorrido por el lugar, nos ofrecieron café y croissants y nos dejaron probarnos y tomar lo que quisiéramos del showroom. También nos regalaron macarons Pierre Hermé. El ambiente laboral era tan armónico que hasta tenían ahí un perrito corgi merodeando alegremente por las oficinas.

Y así fue, agradecimos, nos despedimos de todos y pedimos un Uber al aeropuerto. Fue un gran viaje.

La moraleja de esta historia es que la buena suerte llega cuando menos te lo esperas y si nos ponemos un poco mágicos, de cierta forma creo que yo manifesté estar ahí. Eso… y que participes en los giveaways porque en una de esas puedes ganarte algo así como esto que te cuento.

Todas las fotografías de este post son de mi autoría. Recuerden que estoy a sus órdenes para todo tipo de sesiones fotográficas. Cotizaciones y colaboraciones al correo hola@vivicamacho.com

¡Hasta la próxima!

  1. Querida sobrina, q bonitas fotos… q bonito relato, escribes iiiiiiincreible, y tus fotos son hermosas y dignificas el arte de la fotografia, que no es nada mas tener uncelular y click. Me encanta tu trabajo y estuvo padrisimo q te sacaste el viaje a Paris… mas padre aun q llevasre a tu hermosa madre (por dentro y por fuera) …. sabes, me hubiera encantado q no dejara plantada a su cita,… bueno, solo si era un señor feo y grasiento, pero q chido hubiera sido q Margarita se fuera a vivir a Paris, todos merecemos una nueva oportunidad, y mas aun: todos merecemos tener una casa donde llegar si vamos a PARIS.
    Sigue con tu suerte y sigue cosechando cosas asi de lindas. Probablemente abra un día el periódico y vea q te sacaste el Pulitzer con una hermosisima foto o una hermosa pero desgarradora foto. Te ciberabrazo con cariño,
    Tu tia

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